Pero desde luego que nos indignamos. ¿Cómo está eso de que por el solo hecho de que no parezcamos gringos, que no seamos rubios y con sobrepeso por tanta comida frita en nuestra dieta de comidas rápidas, nuestros paisanos puedan ser sujetos de arrestos, multas y deportación? ¿Cómo está eso de que una violación a la ley migratoria, que es una falta administrativa, se convierta en Arizona en un acto criminal?
Hay una ola nacional contra la gesta racista en las tierras desérticas de Arizona. Pero en realidad vemos al norte para no voltear hacia nosotros mismos. Culpamos a otros sin mirar lo que hacemos de forma bastante más salvaje y grotesca. Les gritamos que discriminan, que son déspotas, mal nacidos y exterminadores del multiculturalismo. Gritamos con la fuerza de nuestro pulmón para esconder cuán hipócritas somos y lo infame de nuestra maniquea solidaridad. Sacamos lo mejor de nosotros para esconder lo peor porque, ¿cuál fue la reacción mexicana cuando el año pasado la Comisión Nacional de Derechos Humanos dio a conocer su informe sobre el maltrato de los centroamericanos en México? ¡Exacto! Nada.
El reporte que dio a conocer la Comisión Nacional de Derechos Humanos denunció que policías se habían vinculado con el crimen organizado -cárteles como Los Zetas y pandillas como los maras- para secuestrar, golpear, violar, prostituir, extorsionar y asesinar impunemente a inmigrantes a su paso por México. Entre septiembre de 2008 y febrero de 2009, periodo que comprendió el estudio, fueron secuestrados un promedio de 67.7 inmigrantes centroamericanos por día -una cifra que, bajo cualquier perspectiva, es escandalosa. En el 10 por ciento de esos casos se documentó la participación de autoridades.
El informe describió algunos testimonios que recogió de las víctimas, como el de una inmigrante salvadoreña, secuestrada junto con una compatriota, a quienes secuestraron en las vías de tren por la zona de Tierra Blanca, en el estado sureño de Veracruz, para luego ser llevadas a una casa de seguridad. La salvadoreña recordó: "Nos pidieron el número de teléfono de nuestros familiares en Estados Unidos y nos amenazaron que si no se los dábamos nos matarían. Todo el tiempo nos insultaron con groserías, además de que nos dieron de cachetadas, nos daban empujones y patadas en todo el cuerpo, nos pegaban con un látigo, nos taparon los ojos y nos amordazaron.
A mi compañera la mataron porque ella no tenía quién le ayudara y no les dio ningún número... le dispararon dos veces en la cabeza y la dejaron desangrándose como tres horas enfrente de mí para intimidarme.
"El lugar en donde me tuvieron secuestrada es una casa grande, oscura, sucia, que olía mal. Los dos días que estuve secuestrada dormía en el piso, no había cobijas y sólo me dieron una vez de comer un pan duro y poquita agua, además de que los individuos que me secuestraron me desnudaron y me violaron. En ese lugar todo el tiempo se escuchaban quejidos, gritos y lamentos de otras personas que posiblemente estaban secuestradas".
Los investigadores de la Comisión Nacional de Derechos Humanos encontraron las ligas de complicidad entre delincuentes y autoridades por todo el país.
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